UDITE, O RUSTICI…

Se me olvidó otra vez que ahora nos van a reeducar. Sí, sí: como en la Revolución Cultural china los físicos y matemáticos forzados a plantar arroz (que no se daba y moría la gente de hambre), como en las Unidades de Producción del Che Guevara, como en la Siberia de Stalin con millones de hombres en proceso de reeducación… y mano de obra gratuita. Ahora el Conapred nos someterá a terapia de párpados abiertos con pinzas mientras nos proyecta, como en Naranja Mecánica, horas de Juanga repitiendo algún estribillo suyo: Tú tú tú siempre en mi mente, porque tú, tú, tú, tututú… El eufemismo para hacernos tragar eso se llama “medidas precautorias”.
En mi página de Facebook alguien me pidió opinión sobre un artículo acerca de Juan Gabriel escrito por un Nicolás Alvarado. Lo abrí y, con sorpresa, descubrí que era de Milenio, donde publico. Al autor nunca lo había leído y lo supuse invitado. No decía. Quise abrir sus datos, no venían. En resumen no le gustaba Juan Gabriel. Pero el tonillo engreído era de la divina garza envuelta en huevo (creo que ya no usa la expresión).
El domingo pasado, al confirmar la muerte de Juan Gabriel, no dudé en expresar: Mi deuda con Juan Gabriel es impagable. Al pedirme detalles añadí que hay tres canciones que no puedo oír sin llorar y una es de Juan Gabriel: “Se me olvidó otra vez”. Pero eso era todo: nunca tuve ni la más remota intención de comprar un disco suyo ni menos de ir a un concierto.
Vi en Face y Twitter una erupción volcánica de furia por el arrogante artículo de Alvarado y, con la costumbre de que me ocurra, no le di importancia. Hasta que supe, por un artículo de Raúl Trejo Delarbre, en la versión en línea de Nexos, “Guardianes del pensamiento único”, que el Alvarado era director de TV UNAM y el Consejo para prevenir la discriminación, Conapred, le había ordenado “que ofreciera una disculpa, le indicó cómo y acerca de qué debería escribir a partir de ahora y lo remitió a tomar ‘un curso de sensibilización’ para que aprendiera a no discriminar”. Muy bueno y muy fundado el ensayo de Raúl.
Que ya reculó el Conapred indica un principio de autocrítica. Quizá el artículo de alguien como Raúl Trejo hizo pensar a los que no habían pensado.
Yuri Vargas, de Círculo de Poesía, toma el asunto de la nula calidad en las letras del fallecido y, en “Una respuesta a Nicolás Alvarado” dispara obuses contra canciones-pichón en términos destinados al asombro de los rústicos (los nacos de endenantes): analiza Amor eterno con herramienta de crítico literario. Nos dice que estamos ante endecasílabos perfectos. Un endecasílabo, o verso de once sílabas, se llama propio cuando tiene acentos en la sexta y décima sílabas. También lo podemos llamar perfecto, sin que la perfección sea otra que su número de sílabas y colocación de acentos. Pero en nada desmerece un endecasílabo sáfico, de tres acentos. Propio o perfecto no es referencia a su belleza. Veamos tres ejemplos:

A. Unodos trescuatro, cincoseisiete
es un endecasílabo perfecto: cuente, mida. Es, además, heroico de acento yámbico; dicho de sopetón suena impresionante sin considerar su completo vacío. Otro ejemplo tomado de la canción analizada por Vargas:

B. Obligo a que te olvide el pensamiento
Pues siempre estoy pensando en el ayer.
Prefiero estar dormido que despierto
De tanto que me duele que no estés.

Y un tercero:

C. Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea…

El primer ejemplo es obra del azar que también ofrece endecasílabos perfectos y versos sin esfuerzos. El segundo es uno de “cuatro serventesios (estrofas de cuatro versos de arte mayor con rima intercalada: ABAB) de endecasílabos heroicos perfectos (con acentos obligatorios en sexta y décima sílaba, según el modelo renacentista)”. La acotación entre paréntesis de Yuri Vargas es obra de Wikipedia:
“El serventesio es una estrofa castellana compuesta de cuatro versos de arte mayor, generalmente endecasílabos, de rima consonante y alterna ABAB”. Wiki.
Es notorio que Vargas elimina de la definición wikipédika lo que no se ajusta a su argumentación, en este caso “de rima consonante” porque las rimas de “Amor eterno” son asonantes: -ento, erto, -yer, -tés. Pero, puesto que nos quitó algo de Wiki, nos lo paga con un añadido: “según el modelo renacentista”. ¿Con qué fin? Con el único de meter el término que alude a belleza suprema: “renacentista” y asociarlo a una letra de Juan Gabriel que a mí, serventesios o no, me parece profundamente cursi (que tus ojitos) y la detesto. Pero los que terminamos secundaria (sin la CNTE) encontramos que hablar de “modelo renacentista” al describir un endecasílabo es tan solo un pleonasmo, ya que el endecasílabo llegó al castellano tomado del italiano renacentista. El arte mayor castellano era el pesado dodecasílabo. Todo endecasílabo se ajusta a su modela renacentista, hasta Unodos trescuatro, cincoseisiete es endecasílabo perfecto y heroico. ¿Y dice algo? Nada, está vacío de significado y, por lo mismo, de poesía. Tampoco muestra un hallazgo rítmico, el de otro sinsentido: Sóngoro cosongo, de Nicolás Guillén anuncia timbales y ritmos afrocubanos.

Vargas llama a los endecasílabos de Juan Gabriel en Amor eterno perfectos y heroicos. De nuevo: confía en el asombro de sus rústicos porque los términos no significan lo que todo el mundo sabe, así como “número imaginario” no es el que imaginamos, ni “momento” es en física igual a “espérame un momento”; por eso prefiero escribir moméntum. Así pues perfecto sólo se refiere a que las sílabas acentuadas son la sexta y décima; heroico hace pensar en Aquiles y la guerra de Troya, pero sólo es que también la segunda sílaba está acentuada. Pudo ponerle más crema a ese taco ya sobradito llamándolo heroico puro, o derivar de la versificación griega y latina clásicas trocaico o yámbico, según sea par o impar la sílaba tónica.
¿Y eso añade belleza al verso? No. Sólo es herramienta para el estudioso del verso, no tanto para el poeta. Y deja uno muy buena impresión, como Dulcamara, el vendedor de un elíxir que provoca al instante el amor de quien lo bebe hacia quien lo dio a beber. Se planta en la plaza del pueblo y clama:

Udite, udite, o rustici
attenti non fiatate.

Io già suppongo e immagino
che al par di me sappiate
ch’io sono quel gran medico,
dottore enciclopedico
chiamato Dulcamara,
la cui virtù preclara
e i portenti infiniti
son noti in tutto il mondo… e in altri siti.
Los portentos del dottore Dulcamara son notorios en todo el mundo… y en otros sitios.
L’Elisir d’Amore, de Donizetti. Un aria divertida que llevaría horas analizar con el detalle que despierta Amor eterno. Oh, sí.
Esto no quita un ápice de mi emoción al escuchar “Se me olvidó otra vez”, y no necesito negar el notorio traspié sintáctico en los heptasílabos consonantes en 2 y 4, libres en 1 y 3:

No me he querido ir
para ver si algún día
que tú quieras volver
me encuentres todavía…

Desde España y México hasta Chile y Argentina, los hispanohablantes diríamos: no me he querido ir para ver si me encuentras todavía. Y joteando un mucho se puede lograr la rima consonante en 1 y 3 si decimos: que tú quieras volvir…
En cuanto al ejemplo C, si le debo resolver una duda hemos perdido el tiempo.

Puede disimular el vacío o la trivialidad el análisis de un poema o letra de canción con términos técnicos: endecasílabos, hemistiquios, alejandrinos, encabalgamientos; toda esa parafernalia técnica puede ocultar el asunto mismo que es la pobreza poética, aunque la forma sea correcta. Analizar una canción diciendo que la primera estrofa está formada por versos yámbicos, pentasílabos, en rimas consonantes B-D-F, E-G, con A-C libres y un puente trocaico, octosílabo, el más usual del verso castellano desde el siglo XIV, suena a alta poesía:

A. Allá en la fuente
B. había un chorrito
C. se hacía grandote
D. se hacía chiquito:
E. Estaba de mal humor,
F. pobre chorrito,
G. tenía calor.