OLIMPIA

Ha vuelto a crecer
con vides y emparrados
abril sobre cafés y bares,
la multitud. Babel.

El invierno anterior
vimos guardar sillas y mesas
como tras una fiesta
para pasar los fríos
observando al plateado Cazador celeste,
el ojo azul de Sirio en su jauría.

Ocurrirá otra vez
al mediar este otoño:
hojas, viento, papeles
sobre el húmedo Bóreas.

Y una vez más calor,
quillas, espumas,
barcos lejanos,
la multitud. Babel.

Hasta que el ritmo se suspenda…

Pues vinieron también
con cadencia persistente
a estas colinas tersas
las Olimpíadas clásicas
durante mil y un años.

Hasta que un día
la fiesta no llegó,
tragada por los siglos.

ISLA DE COS

No es la araucaria para mí
porque es señora de encimadas crinolinas
y toquilla de encaje bruselense.

En mi jardín quiero un ciprés,
alto y delgado amante de Apolo,
muerto de pena por haber matado,
sin intención,
lo que más amaba.

VISTA DE POROS

Grecia: mar amable
que no conoces el océano,
mar sin olas,
aunque de ellas
hablen tus canciones.

MI ÚLTIMA RETSINA

Son para siempre
todos los adioses
pues no baña el mismo río
jamás el mismo cuerpo
ni son los mismos ojos
mirando hacia el Egeo
aquellos deslumbrados
bajo el calor de agosto
que lo vieron venir
hace dos años
desde Monastiraki
con ese paso lento,
con ese balanceo
de sus veinte años.

Son para siempre
los adioses:
queda el amor,
el barco en el puerto,
la vid que reverdece en parra
sobre los nietos
y en septiembre
da sus largos racimos
transparentes.

No hay para el reencuentro
ningún lugar preciso,
ninguna cita hecha,
como no sea ésta
con nuestro viejo amor
que ha puesto un plato más
sobre la mesa
bajo la luz de otoño,
el nuevo otoño aéreo
con el que se despide el año
y que un día,
cierto como que morirá el Egeo
sin que nadie lo vea,
un día tan cierto como la muerte,
no volverá.

DE El Sueño y la Vigilia. Ediciones Sin Nombre/Conaculta