VA DE NUEVO: En el estadio (o frente a la tele) gritamos ¡pendeeejoo! al defensa que deja pasar un rival; ¡cieeegoo! al árbitro que no marca una falta evidente (contra nuestro favorito); los insultos son comunes y le ponen sabor al juego, como las órdenes de tanto DT que exige, desde gradas o sofá, un pase al centro (y su telepatía no llega al jugador, por lo cual, sin falta, lo pendejea). Entiendo y no me ofende la frase: ¡qué puto desperdicio de oportunidad!, ¡deberían reducirte el puto sueldo, pendeeejo!, ¡Qué puto pase más sin tino hiciste…!


No entendería que, sin motivo, el grito unánime fuera ¡pendeeejo!, una y otra vez, sin pendejada previa.
Y nadie, nadie, nadie estaría aquí defendiendo el derecho de la afición española a gritar ¡indio! al portero mexicano que evita el gol, ni a gritar ¡negro! al de color subido, ni ¡judío! al jugador judío-argentino, judío-francés.


Lo que no entiendo es por qué resulta divertido gritar ¡puutooo!, sin motivo de putería, y, en cambio, nadie defendería el grito: ¡mixteco!, ¡totonaco!, ¡lacandóoon!… aunque el jugador fuera mixteco, totonaco o lacandón.
¿Por qué “puto” es divertido e “indio” o “judío” no lo es? Tampoco “gachupín”.
¿Saben lo que ocurriría en Francia si a un jugador de origen argelino le gritaran ¡météque! durante todo el juego? La “banlieue” quemaría medio París.

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De Manos Jatzidakis

 

Amor que te volviste cuchillo de doble filo,

antes me diste sólo felicidad,

mas hoy ahogas la felicidad en lágrimas,

no encuentro orilla,

no encuentro curación.

(bis)

 

Fuegos se encienden en sus ojos,

las estrellas caen cuando me contempla.
Apaguen las luces,

apaguen la luna

para que cuando me llegue,

mi dolor no vea.

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