2.X.68 (1)

2.X.68 (2)

2.X.68 (3)

Estas hojas escritas a lápiz y ya casi ilegibles están en el Archivo General de la Nación. Debió de ser por los primeros meses de 1969 cuando pensé que los hechos de la TARDE del 2 de octubre, cuando quedé confundido entre los de civil que comenzaron a disparar un tanto al azar, pero no al aire, los iba a olvidar. Compré en la tienda Conasupo interna de Lecumberri unas hojas tamaño carta, sueltas, y un lápiz. Así guardé esa primera memoria. Luego los usé para mi crónica Los días y los años.

Tiene mi letra de entonces y tachaduras, unas se entienden y otras no. Pero es un documento que ofrezco ahora que vienen los 48 años de aquella tarde.

Durante los primeros minutos no estuve detenido. Mis compañeros dirigentes, los del Consejo Nacional de Huelga, CNH, habían tratado de escapar subiendo escaleras. Yo me quedé mirando la Plaza de las Tres Culturas. Subieron a paso veloz unos jóvenes sin uniforme, pero con un guante blanco en una mano y pistola en otra. Yo tenía la edad, la complexión y el aire de quien mira atento la multitud, abajo, así que me consideraron uno de los suyos y dispararon junto a mí. Hasta que, al notar que yo no disparaba, uno me puso atención: se cruzaron nuestras miradas y noté cómo buscaba mis manos, puestas sobre el barandal: ninguna traía guante blanco. Me ordenó ir con otros detenidos con las manos en alto y contra la pared.

Además de la edad y el físico, hubo algo más por lo que quienes luego resultaron ser el Batallón Olimpia, me pudieron confundir: Invitaba de vez en cuando a cenar a la pintora Fanny Rabel y siempre me llevaba un dibujo suyo a lápices de colores. Uno tenía una dedicatoria que me estremeció: “Al muy querido Luis González de Alba, ángel peligroso…” Años antes el Olimpia había estado de acuerdo. Luego, mi primer faje con venidas conjuntas, el pintor Miguel Cervantes: cuando le dije que tenía esos dibujos, y mencioné la dedicatoria, respondió, con voz enronquecida por el cáncer que lo mataría: “Hum… je… Estoy de acuerdo con Fanny…”

No sigo porque estoy por publicar ese relato, tan detallado como puedo, en Cal y Arena. El nombre todavía no lo anuncia la editorial y no me adelanto. Sólo aclaro: mis amigos dirigentes no estuvieron en ese mismo lugar porque se ocultaron en un departamento del quinto piso, con vista CONTRARIA a la Plaza, hacia el interior de la Unidad Habitacional. Los detenidos eran periodistas y muchos colados que habían logrado pasar a nuestros guardias colocados en las escaleras.

Lo que sí puedo adelantar es la foto para el diseño de la portada.
Luis y torreón de C+++.jpg 109 KB

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Va de nuevo porque hoy es cumpleaños de Pepe Delgado y la traduje recordándolo.

RECUERDA SEPTIEMBRE

La mano dame, dame tu corazón
y vamos, si quieres, hasta el firmamento.
Canción de septiembre es tu mirada,
esos ojos cuánto los amo.

Y si se dispersaron las hojas con el viento,
y a la calle también cubrió la lluvia,
para nosotros es septiembre verano,
tu amor ilumina toda la tierra.

A mis manos ven ahora y duerme
y yo te estaré cantando por las noches.
Y si alguna vez rompemos, recuerda:
En septiembre te había dicho cuánto te amo.Pepe Delgado

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23 septiembre, 2016

ÉCHALE GASOLINA AL FUEGO

A Rafa Pérez Gay

Es mal consejo, pero lo cuento por lo que acaba de publicar Rafael Pérez Gay.
Hace de esto unos doce años. Carlos se había ido a vivir a Vallarta hacía poco. Cuando tuvo arreglado su departamento (y sin visitante) me invitó a pasar allá unos días.

Mientras subía la escalera, una música guapachosa atronaba el edificio completo. Vi con horror que era el vecino inmediato. Salimos a cenar y retrasé el regreso para que el vecino hubiera terminado. Llegamos y desde la calle oí que seguía.

Pasó toda la noche, medio dormí. Salimos a la playa, luego a comer, luego a caminar el malecón y cenar. Volvimos. Desde la calle seguía el estruendo guapachoso.
Segunda noche sin dormir. No era posible, me decía, nadie pone dos días con sus noches y madrugadas de música…

Como a las 7 de la mañana me senté en el borde de la cama, me puse short y zapatos sólidos (o sea, no de playa). Salí. Me paré frente a la puerta del vecino y, cogiendo vuelo, lancé un patadón como de karateka profesional a la puerta. Se rompió el marco, se arrancó la cerradura, la puerta rebotó contra un mueble y ya regresaba cuando la recibí con otro patadón y un codazo al tiempo que entraba a largas zancadas:

–¡Hijo de tu reputísima madre!!! ¡De tu reputa y puta y puta madre!!! ¡¿Crees que vives en el chingao cerro?! –lo vi palidecer, ponerse cenizo. Estaba con otro.

Busqué el aparato de sonido para callarlo al arrancarlo y arrojárselo al tipo a la cabeza, pero no lo encontraba, así que seguía vociferando:

¡¿Dónde tienes ese puta madre?, pedazo de cagada, eso tienes en la cabeza, ¡No vives en el cerro, idiota, imbécil, pendejo, hijo de puta y reputísima madre!

Como no veía el aparato de sonido, arrojé al suelo y contra el tipo todo cuanto encontré. En eso ya Carlos había entrado y me abrazaba por la espalda. Me llevó de regreso a su departamento y cerró.

Como el tipo no estaba solo, supongo que el compinche de borrachera lo azuzó: ¿Te vas a dejar?, o algo así. Comenzó a gritar y Carlos salió para impedir que yo volviera a salir.

Pocas veces he sido tan feliz.

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